Él-I

 

I

Era una mañana fría y desapacible. Levante la vista y mire a través del ojo de buey de mi camarote. Mis compañeros ya estaban trabajando duro para sacar las enormes redes del agua y pronto note como aporrehaban la puerta con fuerza.

– Vamos grumete que ya es hora de que ayudes -dijo Jerardo el capitan-.
– Ya voy mi capitán -conteste en el acto dando un salto desde mi litera al suelo del camarote-.

No tarde en ponerme los pantalones y salir; pase por la cocina, agarre un pedazo de pan y me serví una garra de aquel agua negra que algunos llamaban cafe. Lo engulli lo más rápido que pude y subí a cubierta donde me esperaba el capitán con cara de pocos amigos.

– Ya era hora muchacho -dijo con gesto serio-.
– Disculpe la tardanza mi capitán yo…
– Déjate de escusas y ponte a ayudar. Después de tres días en cama, creo que ya estas más que recuperado.
– Claro que si mi capitán -conteste con una sonrisa en la cara-.
– ¿Pues que carajos haces hay parado mirándome y sonriendo?
– Sí -conteste rápidamente y me lance ha ayudar a mis compañeros-.

Aquel día fue agotador, y termine rendido en la cama sin apenas haber cenado nada por el cansancio que tenía. Antes de dormirme mire como hacía cada noche al oscuro cielo estrellado. Aquello me recordaba cuando en mi pueblo mi padre y yo mirábamos al cielo y él me enseñaba como se llamaba cada una de ellas. Él nuca quiso que yo fuera pescador, pero tras caer enfermo alguien tenía que ayudar llevando dinero a casa.
Todavia recuerdo las lágrimas de mi madre cuando salí por la puerta para embarcar en el Morfeo. Se decía de este barco que lo llamaron así porque su navegación era tan suave que podías dormirte como si te acunaran. Nada más lejos de la realidad, porque la primera noche a demás de no poder dormir la pase vomitando.
Ya hacia cuatro meses que partí de casa y aún me quedaban otros cuatro para regresar. Me había jurado a mí mismo que esta sería la primera y la última vez que les abandonaría. Cuando regrese buscaré trabajo en otra cosa e intentaré seguir con los estudios. Pero aquello se me antojaba todavía muy lejano, y mientras, debía ayudar a todos mis compañeros y no decepcionar al capitán. Él me había dado un voto de confianza y no debía decepcionarle. Descansare –me dije mientras veía como el mar rompía contra el casco del barco-. Mañana me espera un largo y duro día.

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